Vivim temps complicats. I els diaris digitals ens hem d’adaptar a una situació nova i inesperada. La nostra obligació principal continua essent la informació de tot allò que passa, inevitablement centrada en la crisi del coronavirus, i l’oferir notícies que puguin ser d’utilitat per a totes les persones que viuen al Baix Llobregat.

Però el confinament ens marca també la necessitat d’aportar idees per passar el millor possible el temps a casa. És el que fem amb la secció #joemquedoacasa i què puc fer? oferint alternatives culturals, d’entreteniment i d’activitat física.

Seguim avui amb una altra secció #desdelbaix: Reflexions en quarantena. El temps a casa en pot ser útil per a reflexionar amb una certa profunditat sobre determinats temes, relacionats o no amb el coronavirus. Per això hem demanat a diverses persones de la comarca que utilitzen habitualment l’escriptura per a comunicar-se que elaborin articles, escrits, contes… que ens permetin analitzar aspectes diversos de la nostra societat. I que ho facin no per parlar exclusivament de temes del Baix Llobregat, però sí des del Baix Llobregat.

La residencia de Rafael Bellido

Advocat urbanista. Sant Feliu de Llobregat. 

Manuel, octogenario, estaba sentado en una esquina del patio de la residencia de la tercera edad. Contemplaba el jardín, pero ya no era aquel jardín.  Su mente le conducía a los campos hermosos de olivos de su Osuna natal. A las laderas de matorrales de la montaña totémica de la Gomera, que su padre le había asegurado que era un volcán dormido. La mente le llevaba a la los peldaños que ascienden a la Colegiata o a lo largo de la Carrera hasta el cobijo de la Iglesia de la Victoria, donde reina Jesús el Nazareno.

La luz de finales de marzo era ya para Manuel, el destello de junio que resplandece en la fachada de los palacios de la calle de San Pedro. Y el vaivén de las plantas ornamentales del jardín le evocaba el baile del carrizo y el junco que  yerguen en las orillas de la laguna de Calderón.

Era lunes en el exterior de sus recuerdos, pero parecía domingo.  La vía pública meditaba en el insólito silencio del confinamiento colectivo.  La residencia estaba cerrada, pero la puerta de servicio que comunicaba el patio con la calle había quedado entornada por un descuido.

Fue por ese resquicio por donde la Muerte se infiltró.  Atravesó el pequeño huerto, ahora invadido por la maleza, y un trecho sinuoso de acacias hasta llegar al banco donde Manuel reposaba.

La Muerte iba ataviada de gala.  Con un vestido largo, de intenso azabache, una capucha a juego, y una guadaña de plata que brillaba bajo el sol de la primavera retoña.

La Muerte le preguntó a Manuel donde estaba la puerta que conducía al interior de la residencia, ávida de cobrarse un estipendio de almas.  Y Manuel, le dijo que tomara el camino de la izquierda hacia la ribera del arroyo del Salado, y que fuera vadeándolo hasta llegar a una verja de hierro, que contaba con un umbral en su centro.

La Muerte le vio tan convencido en sus indicaciones, que fue en busca de tal arroyo, extraviándose en el estanque de nenúfares, y después extenuada buscó la verja de hierro, y la alcanzó en el límite de la residencia que ya confluye con la calle, alejándose de la misma.

Manuel, sin ser saberlo, había salvado al grupo de residentes, enviando la Muerte a un recodo perdido de su infancia. Mientras la Dama marchaba, él divisó la palpitación de la cima de la Gomera en el horizonte.  Y se sintió dichoso de atestiguar como el volcán se desperezaba de un letargo de siglos.

 

 

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